jueves, 23 de junio de 2016
Observatorio de Derecho Público IDP Barcelona
En la nueva página web del Observatorio de Derecho Público IDP Barcelona (http://www.idpbarcelona.net) podrá encontrar todas las entradas de este blog, así como los nuevos artículos publicados semanalmente.
jueves, 26 de mayo de 2016
¿Quién define el sistema fiscal español? Sobre la política fiscal española y la OCDE
Eduard Roig Molés
Profesor de derecho constitucional.
Universidad de Barcelona
La política fiscal es
objeto de frecuentes debates políticos, especialmente en período electoral. Los
partidos ofrecen sus propuestas tributarias que, además de sus propios efectos
políticos, determinan la posibilidad real de realizar la práctica totalidad de sus
programas en ámbitos centrales como las políticas sociales. En el fondo, la
lógica de nuestro sistema político descansa sobre la posibilidad de que nuestro
Parlamento defina nuestro sistema fiscal y, a partir de sus resultados, opte
por unas u otras alternativas políticas.
Tal principio, sin
embargo, es por completo irreal en un aspecto central: la determinación de la
base fiscal sobre la que proyectar la normativa tributaria no depende fundamentalmente
de las decisiones de las autoridades españolas. Al margen de sus posibilidades
jurídicas de actuación, los beneficios empresariales generados en España, que
deben constituir una parte esencial de esa base, escapan al ámbito de
aplicación de la legislación española mediante múltiples expedientes, ilegales
(la evasión fiscal) pero también y sobre todo legales (la elusión fiscal), derivados
de la normativa europea e internacional o de la competencia fiscal desarrollada
desde otros estados.
En otros ámbitos, la
respuesta a fenómenos similares de globalización se ha intentado mediante la
actuación de la Unión Europea. Pero en materia fiscal esa respuesta ha sido
hasta hoy muy débil, por limitaciones competenciales, por intereses divergentes
y, fundamentalmente, por la capacidad de eludir también las normas europeas y
desplazar los flujos a otros territorios, lo que perjudicaría a los actuales
“paraísos fiscales” de la Unión sin beneficiar al restado de estados miembros.
En los últimos años,
ante problemas similares, los gobiernos han recurrido a acuerdos
internacionales elaborados en el seno de la OCDE y después asumidos (más o
menos voluntariamente) por todos los estados mediante los correspondientes
tratados internacionales y las normas internas de aplicación y desarrollo de
los mismos. El ejemplo más conocido y exitoso es el de los acuerdos sobre
intercambio de información fiscal, a demanda en una primera fase (acuerdos
FATCA) y automática en una segunda (acuerdos CRS), que en los últimos años han conseguido transformar
decisivamente el papel del secreto bancario en numerosos países.
Ambas generaciones de
acuerdos han funcionado de un modo similar: Tras una decisión política de
impulso adoptada en el seno del G-20, la OCDE ha desarrollado los trabajos de
negociación de acuerdos modelo que posteriormente se concretan en tratados
internacionales que asumen literalmente los textos previamente acordados y que
se imponen, políticamente, a los estados beneficiados por las prácticas a
desterrar. Se trata normalmente de tratados que se limitan a prever
obligaciones de los estados, que mediante su legislación las trasladan a los
particulares afectados (esencialmente las entidades bancarias). En términos de
opciones políticas, las decisiones se adoptan en los trabajos de la OCDE que
desarrollan el mandato del G-20, y se ejecutan meramente (que no desarrollan)
en los tratados internacionales y las normas nacionales sobre las que los
parlamentos correspondientes no disponen más que de capacidades formales y que
vienen esencialmente a cubrir las exigencias de ley formal y los elementos de
garantía con ella vinculados (como por ejemplo, la aplicabilidad de los
principios y reglas constitucionales en los correspondientes procedimientos, lo
que depara múltiples e interesantes cuestiones jurídicas en torno a cuestiones
como la irretroactividad, la doble tributación o la protección de la confianza
legítima).
Pues bien, en el año
2013 el G-20 adoptó la decisión de avanzar en el ámbito de la elusión fiscal,
evitando los elementos de erosión de la base fiscal nacional mediante diversas
líneas de actuación, lo que se ha conocido desde entonces como el paquete BEPS. Entre 2013 y 2015 la OCDE ha trabajado en este ámbito
hasta alcanzar sus primeras conclusiones, presentadas en octubre de 2015 y
asumidas en noviembre del mismo año por el G-20. Los primeros resultados en
términos normativos empiezan a plantearse ahora en la Unión Europea, aunque muchos de los aspectos
necesitan aún de futuro desarrollo en la OCDE y existe un considerable debate sobre la suficiencia y adecuación
de las conclusiones alcanzadas. No es el objeto de estas líneas plantear esa
discusión, sino llamar la atención sobre:
-
la
inexistencia de cualquier debate al respecto en los trabajos del Congreso de
los Diputados en la X Legislatura, aun siendo España miembro de la OCDE e
invitado permanente en el G-20;
-
el
silencio ciertamente clamoroso al respecto en nuestro pasado proceso electoral
(y probablemente también en el futuro), a pesar del impacto indudable que este
proceso tiene sobre la práctica totalidad de cuestiones centrales en los
programas de todas las fuerzas políticas;
-
y
el desconocimiento general del proceso normativo en la OCDE. Sabemos quién
impulsa el proceso normativo en los parlamentos nacionales y nos esforzamos en
que el mismo recoja el debate entre mayoría y minorías y se desarrolle de modo
público. Lo mismo ocurre en el ámbito de la Unión Europea, quizás incluso con
mayor transparencia aunque con menor resonancia. Pero desconocemos el
funcionamiento del sistema de trabajo de la OCDE, la forma de impulsarlo y cual
ha sido, en su caso, la aportación de España al proceso de la OCDE, qué
aspectos del mismo han merecido la atención de nuestro Ministerio de Hacienda y
qué obstáculos a otras alternativas normativas han llevado a descartarlas.
No sería justo ignorar
que este panorama presenta algunas iniciativas de modificación, excesivamente
limitadas pero por ello mismo meritorias: en octubre de 2015 una delegación de diputados y senadores
acudió a la reunión del grupo parlamentario sobre cuestiones tributarias – OCDE
del día 19 de octubre en París; y el 2 de febrero de 2016 la Mesa del Congreso admitió a
trámite una petición del Grupo socialista de “creación de una subcomisión, en el
seno de la Comisión de Hacienda y Administraciones Públicas, sobre la
armonización y coordinación fiscal europea e internacional y lucha contra el
fraude fiscal y los paraísos fiscales”. Quizás en el futuro nuestro Parlamento pueda desarrollar
una auténtica actividad de impulso y control de la deseable (y poco conocida)
posición del gobierno español en estos trabajos.
jueves, 19 de mayo de 2016
Dos libros importantes sobre la reforma federal en España
Eliseo Aja
Catedrático de Derecho Constitucional
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Con pocos meses de diferencia se han publicado dos libros que contienen sendos análisis de la crisis actual del sistema autonómico y que propugnan una reforma federal de la Constitución como desenlace lógico de la situación. Se trata de la reciente publicación del libro de José TUDELA ARANDA, El fracasado éxito del Estado autonómico. Una historia española (Marcial Pons, 2016) y de la realizada hace unos meses por José Antonio MONTILLA MARTOS, Reforma federal y Estatutos de segunda generación (Aranzadi, 2015). Este es catedrático de Derecho Constitucional de Granada, aquél también profesor titular de Constitucional, si bien es muy conocido como director de la Fundación Gimenez Abad. Cada uno utiliza un enfoque propio, el primero más cronológico, para examinar los principales problemas del sistema y sus posibles alternativas; el segundo, tomando las reformas estatutarias como leit motiv para centrarse igualmente en los grandes problemas (competencias, relaciones y financiación) y sus alternativas.
Desde estos diferentes enfoques, ambos llegan a la misma conclusión, hasta el punto de que me atrevo a realizar la cita siguiente sin especificar el autor (¿quién lo adivina?), porque ninguno de los dos se sentirá traicionado.
“Existe un amplio consenso en España sobre la situación de crisis en que se halla el modelo territorial derivado del Título VIII de la Constitución (…) En estas páginas va a defenderse la reforma federal de la Constitución como una necesidad jurídico-constitucional derivada de las deficiencias de origen y desarrollo del Estado autonómico, pero también como una propuesta de salida a esta crisis”.
Ciertamente puede encontrarse diferencias entre los dos libros, e incluso puede verse una atención un poco superior al Estatuto andaluz en el trabajo de Montilla y al Estatuto de Aragón en la obra de Tudela, pero estas son diferencias menores, y ambos realizan un estudio destacado del conjunto estatal, incluyendo la crisis de Cataluña y de la necesidad de un federalismo que reconozca la diversidad. En realidad un comentario clásico de ambos libros requiere un estudio diferenciado y una extensión superior, pero la contemplación conjunta sirve para subrayar la principal aportación de ambos, el realismo al plantear el paso del Estado autonómico actual al futuro sistema federal.
Ambos libros aportan una de las ideas fundamentales para construir el futuro: el sistema federal deberá ser renovador respecto a los defectos actuales, pero debe dibujarse a partir de la experiencia de estos 35 años de autonomía. Por tanto, hay que analizar los defectos actuales y las soluciones que pueden encontrarse en el derecho constitucional comparado, como comienzan a realizar las dos obras citadas.
Pero más allá de la posición de expertos, los profesores Montilla y Tudela apuntan un rasgo de realismo político que me parece una aportación fundamental, la propuesta de que el Estado autonómico actual debe desembocar en un auténtico sistema federal.
En ambos se razona con fuerza que la transformación, mediante una reforma constitucional, es perfectamente posible, si tenemos como referente los federalismos occidentales. Sería además muy positiva al corregir los defectos actuales (conflictividad competencial y de la financiación, ausencia de relaciones integubernamentales, Senado). Supondría ciertamente una reforma importante, muy importante, de la estructura institucional, pero sería solo una reforma constitucional parcial, porque apenas se afectarían los derechos fundamentales y las instituciones centrales del Estado (salvo el Senado) y tampoco las instituciones de las Comunidades Autónomas, por ejemplo.
Ambos autores denuncian también la vieja demonización del federalismo, en la convicción de que se trata de la forma de estado más idónea para el reparto y la participación de los diferentes pueblos de España. Por otra parte, la cuestión catalana actual –y quizás otras en el futuro- no tendrá salida sino es en un marco federal. Desde su origen, el federalismo ha sido en todo el mundo, con las variantes necesarias, la fórmula ideal para integrar pueblos distintos en un solo Estado.
jueves, 12 de mayo de 2016
La necesaria reconducción de la conflictividad competencial. Los conflictos entre el Estado y la Generalidad de Cataluña en relación a las leyes autonómicas de lucha contra la pobreza energética y en el ámbito de la vivienda
Joaquín Tornos
Catedrático de Derecho Administrativo de la UB
En los últimos siete años el
Estado ha impugnado hasta 34 normas e iniciativas del Parlamento y el Gobierno
de Cataluña, invocando la aplicación del artículo 161.2 de la Constitución para
conseguir la suspensión automática de la totalidad o parte de las normas e
iniciativas impugnadas.
Este elevado nivel de
conflictividad ha tenido una especial relevancia social en los conflictos que
podemos calificar de contenido soberanista. Así, entre otros, la impugnación de
la Ley 10/2014 de
consultas populares no referendarias, el Decreto 16/2015 de creación del
Comisionado para la
Transición Nacional, la Resolución 1/XI del Parlamento de Cataluña sobre
el proceso hacia la independencia.
Pero también han tenido un fuerte
impacto las impugnaciones de las normas del Parlamento catalán que se han
ocupado de los problemas creados por la crisis económica en el ámbito de la
vivienda y de las situaciones de pobreza energética.
Así, la impugnación el Decreto
Ley 6/2013 de 23 diciembre que modificó parcialmente la Ley 22/2010 del Código de
Consumo de Cataluña, introduciendo una serie de medidas para hacer frente a las
situaciones de pobreza energética. Con este fin la norma definía las personas
en situación de vulnerabilidad económica en relación a los suministros de electricidad
y gas y establecía un sistema de ayudas directas para el consumo energético o
el pago de la deuda. El Estado, en su recurso,
alegó los títulos competenciales de bases de la ordenación económica y
el sistema energético. La
Generalidad, por su parte, alegó su competencia exclusiva en
materia de consumo. El Tribunal Constitucional, en una muy discutible
resolución, STC 62/2015, declaró la inconstitucionalidad de los preceptos más
relevantes del Decreto Ley impugnado, al imponer como título competencial
prevalente la competencia estatal para regular el sistema energético. La
sentencia cuenta con unos duros votos particulares de la magistrada Adela Asúa
y los magistrados Fernando Valdés Dal-Re y Juan Antonio XIol Ríos.
También fue impugnada la ley 20/2014,
de 27 diciembre, que vuelve a
modificar el Código de Consumo
reiterando las medidas de protección frente a la pobreza energética al tiempo
que introduce una serie de medidas en el
ámbito de la vivienda con el fin de
proteger a los deudores hipotecarios frente a los procesos de desahucio.
De nuevo el Gobierno del Estado impugnó la ley, añadiendo a los argumentos
anteriores relativos a la pobreza energética los títulos relativos a
legislación procesal y regulación del derecho de propiedad en relación a las
medidas de protección de los deudores hipotecarios. El Tribunal Constitucional
ha levantado parcialmente la suspensión en el auto de 12 abril 2016, tomando
como referencia su sentencia 62/2015 y analizando los perjuicios que causaría
la suspensión de la ley catalana a las personas en situación de vulnerabilidad
económica, pero mantiene la suspensión de los artículos 17 y 18,2 relativos a
los cortes de suministro de electricidad y gas y medidas de apoyo a
consumidores en situación de vulnerabilidad económica, y el largo artículo 20
en el que se contiene la regulación de las relaciones de consumo en materia de
créditos o préstamos hipotecarios sobre viviendas.
Los conflictos se cierran con la
impugnación de la ley 24/2015 de 29 julio de medidas urgentes para afrontar la
emergencia en el ámbito de la vivienda y la pobreza energética. Ley
especialmente significativa en la medida en que fue fruto de una iniciativa
legislativa popular con amplio apoyo parlamentario.
De forma particular la ley se
ocupa del problema de la vivienda, estableciendo medidas para resolver las
situaciones de sobreendeudamiento (un procedimiento extrajudicial y un proceso
judicial simplificado), medidas de alquiler social e imponiendo a las personas
jurídicas la cesión obligatoria de sus
viviendas desocupadas. La ley también ha sido impugnada, si bien en este
caso el Gobierno del Estado sólo ha solicitado la suspensión de los preceptos
relativos a medidas procesales en relación a la resolución de conflictos en
materia de vivienda y de los que imponen la cesión obligatoria de pisos vacíos.
El Estado y Cataluña aparecen de
este modo enfrentados en una serie de conflictos con alto impacto mediático y
popular. Cuando los efectos de la crisis aún están presentes para muchas
familias, las normas impugnadas tratan de dar contenido a los derechos de
ciudadanos en situaciones de vulnerabilidad económica. Éstos asisten perplejos
a un cruce de reproches competenciales en los que las partes enfrentadas alegan
títulos diversos: ordenación económica, sistema energético, legislación
procesal, regulación del derecho de propiedad, por parte del Estado; consumo,
desarrollo de las normas básicas estatales, por parte de la Generalidad de
Cataluña. Además mientras se resuelve el litigio entra en juego el privilegio
Estatal de obtener la suspensión de la
Ley autonómica alegando la aplicación del artículo 161.2 de la Constitución.
La amplia litigiosidad en una
materia que condiciona la necesaria intervención pública en la lucha contra la pobreza energética y en la adopción de medidas para garantizar
el derecho a una vivienda digna, suscita cuando menos dos reflexiones de
carácter general.
Por un lado la impugnación de las
leyes autonómicas no ha supuesto su total ineficacia, pues en un caso se ha
levantado parcialmente la suspensión y en otro el Gobierno del Estado sólo
alegó la aplicación del artículo 161,2 CE respecto a algunos preceptos de la
ley impugnada. Por tanto, el Gobierno de la Generalidad puede
actuar en aplicación de parte de sus propias leyes y de las leyes estatales en
la materia para tratar de abordar los graves problemas ´mencionados de pobreza
energética y falta de acceso a una vivienda digna.
El exceso de conflictividad y
determinada doctrina del Tribunal Constitucional puede criticarse, pero ello es
compatible a su vez con exigir del Gobierno autonómico una actuación eficaz y
diligente en la lucha contra los graves efectos de la crisis sobre las clases
más desfavorecidas.
Por otro lado esta
situación de nuevo nos plantea la reflexión sobre la
necesidad de tratar de reducir esta conflictividad mediante la existencia de un
Senado territorial en el que las normas estatales con incidencia autonómica se
pacten, se delimite con precisión el alcance de títulos horizontales, de ordenación
general de la economía, y se tienda a reconocer una capacidad real de
autogobierno a las Comunidades Autónomas en la defensa de los intereses de sus
ciudadanos. Debe evitarse el conflicto, y la remisión reiterada de la falta de
acuerdos a la jurisprudencia del Constitucional, pues en esta sede el
enfrentamiento tendrá siempre una difícil resolución satisfactoria para las
partes, ya que se debe acudir a la interpretación de títulos jurídicos que
pueden amparar posibles diferentes lecturas.
jueves, 5 de mayo de 2016
Negociación (gubernamental) de discrepancias sobre leyes: reducción de la conflictividad y control estatal de la ley autonómica
Eduard Roig
Profesor de derecho constitucional.
Universidad de Barcelona
Desde
el año 2000 los gobiernos del Estado y las Comunidades Autónomas pueden llegar
a acuerdos sobre leyes, estatales y autonómicas, que eviten el planteamiento de
recursos ante el TC, zanjando negociadamente las dudas sobre su constitucionalidad. Estos acuerdos se alcanzan mediante una
negociación bilateral que se formaliza, en caso de éxito, en un acuerdo
publicado en el BOE en el plazo de nueve meses desde la publicación de la
norma. Si no se alcanza el acuerdo (o sobre los aspectos a los que no se
extienda) los gobiernos pueden presentar el correspondiente recurso de
inconstitucionalidad. Este procedimiento está regulado en el artículo 33.2 de
la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional y su uso se ha convertido en muy
frecuente a lo largo de sus quince años de vigencia. En los últimos años, estudios como
el del Profesor Arbós han puesto de manifiesto su importancia y algunas de
sus dinámicas en relación con sus efectos de descarga del Tribunal Constitucional.
Pero el procedimiento plantea también cuestiones discutibles, ya apuntadas
desde su inicio en trabajos como
el del Profesor González Beilfuss para el Informe de Comunidades Autónomas de
2007, de creciente relevancia. En mi reciente
trabajo para el Informe Autonomías 2015, debatido en el Foro de las Autonomías del pasado
día 20 de abril en el Senado, he intentado valorar detalladamente de la
experiencia desarrollada y, sobre todo, el valor y efectos de los acuerdos
alcanzados.
De
los menos de 10 supuestos anuales de negociación que se dieron entre 2000 y
2007 hemos pasado a 38 casos en 2011, 55 en 2012, 76 en 2013 y 2014 y 79 en
2015. En la última legislatura 271 leyes (89 estatales y 182 autonómicas) han
sido sometidas al procedimiento, y se han alcanzado acuerdos en casi 200 casos.
Estos números esconden sin embargo una profunda diferencia entre los supuestos
referidos a ley estatal y los supuestos referidos a ley autonómica, hasta el
punto de que podemos hablar de dos procedimientos materialmente distintos:
Los
acuerdos sobre leyes estatales son mucho más difíciles (se alcanzan en torno al
30 % de los casos iniciados) y son siempre acuerdos que introducen una
interpretación determinada del contenido de los artículos discutidos, pero que
nunca proponen una modificación de los mismos y muy raramente un texto reglamentario
de desarrollo (las otras dos posibilidades de acuerdo). Con carácter general se
trata de acuerdos de carácter técnico competencial, concluidos en relación con
competencias estatales de carácter básico u horizontal, que viene a precisar el
ámbito de aplicación de la norma, su carácter susceptible de desarrollo
autonómico o la legitimidad competencial de determinadas actuaciones
autonómicas de discutible adecuación al texto de la nueva ley. De este modo, el
procedimiento y sus acuerdos se configuran como un instrumento de clarificación
del marco jurídico (esencialmente competencial), que no cuestiona los elementos
fundamentales de la ley y que evita un recurso autonómico al TC (de resultado
incierto y, sobre todo, muy lejano en el tiempo) obteniendo a cambio algunos
limitados elementos de satisfacción, esencialmente en materia de margen de
desarrollo y aplicación de la nueva norma que, a veces, desmienten la voluntad
armonizadora que estaba en la raíz de la nueva ley.
En
cambio los acuerdos sobre leyes autonómicas son mucho más frecuentes (en torno
al 70 % de los casos iniciados) e incluyen de modo habitual compromisos de
modificación del texto aprobado o de desarrollo reglamentario del mismo (entre
ambos, cerca del 50 % de los acuerdos), lo que implica también un margen muy
superior de negociación (y su posible incidencia clara en opciones efectivas
del legislador). El porcentaje de leyes autonómicas afectado es considerable y
se vincula con frecuencia, en los últimos años especialmente, con normas estatales
de carácter horizontal (en materia administrativa o económica) que van en
ocasiones más allá de cuestiones estrictamente competenciales y pueden llegar a
convertirse en un control sistemático de adecuación de la normativa autonómica
a las reglas estatales (lo que, indudablemente, tienen una vertiente
competencial relevante, íntimamente vinculada con una opción política
[competencialmente discutida] de liberalización o desregulación). El acuerdo
implica pues, generalmente, renunciar a un recurso estatal al TC (con la
inmediata suspensión de la norma autonómica) a cambio de un acuerdo de fondo
que con frecuencia llega a alterar elementos relevantes de la norma afectada.
El
elemento diferencial que explica estas divergencias es fundamentalmente la
suspensión automática de la ley autonómica impugnada ante el TC, a diferencia
de lo que ocurre con la ley estatal; y ello en un triple sentido: la ley
estatal no puede suspenderse, la ley autonómica sí puede suspenderse y el
estado aplica sistemáticamente la posibilidad de provocar automáticamente esa
suspensión, sin valorar la situación caso por caso. Naturalmente, la presión y
situación negociadora de cada una de las partes es profundamente distinta,
incluso ante una jurisprudencia del TC que tiende a levantar buena parte de las
suspensiones acordadas de modo automático.
Esta
divergencia en la situación en uno y otro caso afecta también a la importancia
de una serie de elementos comunes a todo procedimiento del art. 33.2 LOTC: la
marginación del debate público y parlamentario (plural), su desarrollo
bilateral (sin información ni debate conjunto con todas las comunidades
autónomas, ni siquiera en el caso de leyes estatales) y sus problemas de
respeto material del texto y la voluntad del legislador.
En
resumen, hemos creado un procedimiento que ha sido relativamente útil para
reducir el grado de conflictividad ante el TC, alcanzar acuerdos que mejoran la
seguridad jurídica de las administraciones en la aplicación de las leyes y
sistematizar un control efectivo del estado ante la actuación legislativa
autonómica. Pero que para ello ha introducido algunos elementos de inseguridad
en cuanto al carácter general o no de los acuerdos alcanzados y su efectiva
compatibilidad con los textos legales en algún caso, ha debilitado los
elementos públicos y plurales del debate parlamentario y no ha alcanzado a
negociar políticamente los aspectos centrales de las normas (que se encuentran
en la raíz de los conflictos efectivamente relevantes). Un parche limitadamente
efectivo para una carencia mucho más amplia y estructural que continúa vigente:
la del necesario debate (y acuerdo) político y competencial entre Estado y
Comunidades Autónomas sobre las normas antes de su aprobación que pasa, como
tantos elementos del modelo autonómico, por una institución de participación
política autonómica efectiva en las decisiones estatales, sea un Senado
reformado u otro sistema análogo.
jueves, 28 de abril de 2016
El Senado como Consejo territorial
J.
A. Montilla Martos
Catedrático
de Derecho Constitucional
Universidad
de Granada
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Cada vez que se habla de la reforma de la Constitución reaparece como lugar común la reforma del Senado. Todos los partidos políticos han incluido esta reforma en sus programas electorales en algún momento; se han constituido comisiones parlamentarias con ese objeto en diversas legislaturas; e incluso en una ocasión el Gobierno ha solicitado informe al Consejo de Estado. Y es que desde muy pronto se comprobó que el Senado no había sido diseñado para cumplir la función que la propia Constitución le asignaba: la representación de los territorios en la organización constitucional del Estado. Luego, los intentos de reconducir su función a través de la modificación del reglamento del Senado no han tenido ningún éxito por lo que resulta lógica la referencia recurrente a la reforma constitucional.
Habitualmente se plantea la reforma de sus funciones o su composición para mejorar el actual Senado. Sin embargo, para que sea una “cámara de representación territorial” es necesario transformarlo en un Consejo territorial. Lo explicamos al hilo de la respuesta a las dos cuestiones basilares: ¿para qué debe servir el Senado en nuestro sistema institucional y quién debe componerlo para cumplir adecuadamente su función?
En el primer sentido, el Senado debe garantizar la participación de las Comunidades en las decisiones sobre el funcionamiento del conjunto del Estado. Cuando analizamos los problemas funcionales del Estado autonómico en los últimos decenios advertimos que en muchos supuestos se vinculan a la no participación de los territorios afectados.
Ocupa un lugar preferente en la relación de asuntos problemáticos la cuestión de las competencias compartidas; en concreto, la relación entre las bases que establece el Estado y el desarrollo que corresponde a las Comunidades. Ha sido una cuestión mal resuelta en España que debe ser replanteada. Aunque se mejore constitucionalmente el reparto de competencias entre el Estado y las Comunidades para que cada cual conozca su espacio de actuación y asuma su responsabilidad, siempre habrá materias compartidas en las que sea necesaria una regulación mínima común, establecida por el Estado, para garantizar unas condiciones equivalentes de vida en toda España, la unidad económica o la unidad jurídica.
Pero esa regulación común no puede establecerse de forma unilateral por el Estado sino con la participación de un órgano constitucional en el que estén representadas las Comunidades, a quienes compete el desarrollo de ese mínimo común. También en las relaciones intergubernamentales resulta preciso clarificar el entramado actual de instituciones y procedimientos de relación. La ausencia de un órgano constitucional de encuentro ha sido suplida en la práctica con el surgimiento de diversos foros de carácter sectorial y naturaleza diversa; desde la Conferencia para Asuntos Relacionados con la Unión Europea al Consejo de Política Fiscal y Financiera pasando por las diversas conferencias sectoriales. Todos ellos sin la condición de órgano constitucional y sin poder exigir, por tanto, responsabilidad política. Por otro lado, es evidente la importancia de la participación de las Comunidades en la aprobación de otras leyes como las de financiación autonómica o en la designación de los miembros de los diversos órganos constitucionales. Incluso la no participación de las Comunidades en el procedimiento de reforma constitucional, otra de las evidentes fallas de nuestro sistema, quedaría cubierta si, pese a no intervenir directamente las regiones en el proceso, la reforma tuviera que ser aprobada también en una cámara de los territorios.
Pero ese órgano constitucional de representación territorial sólo lo será en la práctica si está compuesto por los órganos de dirección política de dichos territorios, esto es, por sus gobiernos. Si sus miembros son elegidos por los respectivos parlamentos territoriales, como ocurre en Austria, ese órgano responderá a la lógica partidista. Sin embargo, cuando está compuesto por los gobiernos territoriales esa lógica partidista resulta modulada por la lógica territorial pues cada gobierno tendrá que conciliar la obediencia partidaria que, lógicamente, juega un papel principal con los intereses de su territorio. Es lo que ocurre en Alemania.
Por tanto, no se trata de reformar el Senado para darle más funciones o acercar su composición a las Comunidades Autónomas sino de sustituirlo por un Consejo territorial. Es importante destacar esta idea pues en el debate sobre la reforma constitucional existe el riesgo de conformarnos con una reforma cosmética del Senado que le dé apariencia de cámara de representación territorial a través de un refuerzo de sus funciones territoriales pero no sirva para resolver los problemas funcionales mediante una efectiva participación de las Comunidades, con los efectos integradores que ello conlleva.
jueves, 21 de abril de 2016
El presidente del Tribunal Constitucional defiende la necesidad de una reforma constitucional
El pasado 20 de abril se celebró en el Senado el V Foro de las Autonomías, organizado por el Observatorio Instituto de Derecho Público, conjuntamente con la Fundación Giménez Abad y el Instituto de Derecho Parlamentario.
El Foro, inaugurado por el Presidente del Senado, contó con la participación de representantes políticos del Estado y de las Comunidades Autónomas, expresidentes de algunas Comunidades Autónomas, senadores y senadoras, altos funcionarios estatales y autonómicos y profesores universitarios. La sesión de la mañana se dedicó a la presentación de la Valoración general del Estado Autonómico 2015, de próxima publicación en el Informe anual Comunidades Autónomas, y al análisis del contenido y eficacia de los acuerdos de las Comisiones Mixtas en el procedimiento del artículo 33,2 de la LOTC.
Por la tarde la sesión se dedicó a reflexionar sobre la posible reforma constitucional del Estado Autonómico. Actuó como ponente el profesor Eliseo Aja, Catedrático de derecho constitucional, e intervinieron posteriormente en la mesa redonda Doña Mónica Oltra, Vicepresidenta del Gobierno de la Comunidad Valenciana, Don Fernando Rey, Consejero de Educación de Castilla y León, y Doña Pilar Costa i Serra, Consejera de Presidencia del Gobierno de las Islas Baleares.
La conferencia de clausura corrió a cargo del Excmo. Sr. Francisco Pérez de los Cobos, Presidente del Tribunal Constitucional.
En su intervención, el Presidente del Tribunal Constitucional hizo un amplio y detallado repaso de las principales sentencias del Tribunal Constitucional que han ido conformando nuestro Estado de las Autonomías, a partir del modelo de organización territorial abierto que estableció la Constitución de 1978.
Tras esta exposición, el Sr. Pérez de los Cobos formuló una serie de consideraciones finales, que juzgamos de singular relevancia, sobre la problemática actual de la organización territorial en España y el futuro de nuestra Constitución.
El Presidente del Tribunal afirmó que en la actualidad los problemas que plantea nuestro modelo de organización territorial reclaman de forma inaplazable una reforma del texto constitucional. La reforma, añadió, permitiría dar respuesta a los problemas generados por el desarrollo del Estado de las Autonomías y aseguraría la perdurabilidad del sistema constitucional.
Avanzando en su discurso señaló los dos grandes temas que deberían sustentar el necesario consenso inicial. Por un lado el procedimiento y por otro el contenido básico de la reforma.
La reforma constitucional debería ser fruto de un debate sosegado que diera pie a una amplia negociación política. Este debate debería permitir recuperar el consenso de 1978, teniendo en cuenta que en la actualidad no existen las premuras de aquel momento constituyente. Este debate pausado podría corregir los errores detectados y llevar al texto constitucional los elementos estructurales fundamentales de un nuevo modelo de organización territorial que contara con un amplio apoyo de los ciudadanos y de todos los territorios. Los artículos 167 y 168 de la Constitución permiten contar con la garantía del cauce formal a seguir.
Por lo que se refiere al contenido de la reforma también se hicieron propuestas concretas. La reforma debería articular un nuevo sistema de distribución de competencias que introdujera claridad y permitiera conseguir la máxima eficacia en el ejercicio de los respectivos poderes. Para ello, entre otras cuestiones, debería reformularse la técnica bases- desarrollo, clarificando el alcance funcional de lo básico y precisando en qué estrictos supuestos es necesario acudir a esta técnica de reparto de poder legislativo.
Se hizo especial hincapié en la necesidad de institucionalizar los mecanismos de prevención y negociación en los casos de conflictos entre poderes territoriales, de forma que el recurso ante el Tribunal Constitucional fuera la última ratio. También se insistió en la necesidad de reforzar constitucionalmente los mecanismos institucionales de colaboración, a través de la reforma del Senado y la constitucionalización de la Conferencia de presidentes y Conferencias sectoriales.
Por último, se señaló la necesidad de llevar a la Constitución los aspectos más relevantes que se derivan del hecho de ser España un Estado de la Unión Europea.
Reflexiones, como decíamos, de especial significación por la autoridad de la que surgen, pero también por su contenido, ya que ofrecen un buen punto de partida para iniciar un camino, sin duda complejo y de largo recorrido, pero que muchos juzgamos ya inaplazable.
jueves, 14 de abril de 2016
Valoración del estado autonómico en el último año
Eliseo Aja, Javier García Roca y José A. Montilla,
Catedráticos de Derecho Constitucional
Directores del Informe de las Comunidades
Autónomas
La semana próxima se realizará en el Senado el V Foro de la Autonomía, organizado por el Observatorio de Derecho Püblico (IDP) y la Fundación Gimenez Abad y el Instituto de Estudios Parlamentarios, que consiste en la presentación y debate de los principales aspectos del sistema autonómico durante el año pasado, realizado por profesores y políticos de las Comunidades Autónomas (CCAA) y del Estado con proyección autonómica.
El 2015 ha sido básicamente un año electoral, porque hubo elecciones locales, elecciones generales y elecciones en todas las CCAA salvo País Vasco y Galicia. En todas se produjo una gran pérdida de votos de los dos grandes partidos, PP/PSOE, así como la consolidación de los nuevos partidos emergentes, de modo que los Parlamentos autonómicos elegidos este año tienen representaciones políticas mucho más fragmentadas.
El 2015 ha sido básicamente un año electoral, porque hubo elecciones locales, elecciones generales y elecciones en todas las CCAA salvo País Vasco y Galicia. En todas se produjo una gran pérdida de votos de los dos grandes partidos, PP/PSOE, así como la consolidación de los nuevos partidos emergentes, de modo que los Parlamentos autonómicos elegidos este año tienen representaciones políticas mucho más fragmentadas.
De hecho, el PP ha formado gobierno en cuatro Comunidades Autónomas (Castilla y León, Murcia, Madrid y La Rioja) con el apoyo de Ciudadanos. El PSOE lo ha hecho en siete, en unos casos con el apoyo de Ciudadanos (Andalucía), en otros de Podemos (Extremadura, Castilla-la Mancha), y en otros con el de varias formaciones (Baleares, Comunidad Valenciana, Aragón, Asturias). En las cuatro restantes, gobiernan partidos de ámbito no estatal, aunque en dos (Canarias y Cantabria) en gobierno de coalición con el PSOE. En definitiva, sólo en dos de las CCAA que han formado gobierno durante 2015 los dos partidos tradicionalmente mayoritarios han quedado fuera de dicho gobierno (Cataluña y Navarra); de manera que no parecen quedar arrumbados.
Las elecciones catalanas dieron una victoria en escaños a las fuerzas independentistas, pero el voto de la mayoría de los catalanes rechazó la declaración de independencia, si se pretende leer los resultados en clave plebiscitaria.
A su vez, las elecciones generales consolidaron un nuevo sistema “tetrapartidista imperfecto”, es decir, con cuatro grandes partidos estatales, otros más pequeños, y los correspondientes partidos con vocación mayoritaria de ámbito autonómico. La Cámara baja se asemeja a un parlamento colgado (a hung parliament), es decir, aquél en el que aparecen minorías negativas que obstruyen la gobernabilidad, en concreto impidiendo la investidura de un Presidente, pero sin erigirse en una alternativa.
Por el contrario, la Cámara alta viene claramente liderada por el PP que posee una cómoda mayoría absoluta en la misma. Su trascendencia es relativa, pues un hipotético veto del Senado a un proyecto o proposición de ley aprobado en el Congreso puede ser levantado por mayoría absoluta, de manera inmediata, e incluso por mayoría simple, tras dejar transcurrir dos meses (artículo 90. 2 CE). El probable efecto de esta situación asimétrica no sería sino una ralentización de la actividad legislativa. El problema más difícil está, obviamente, en la investidura del Presidente del Gobierno que se realiza, solo, en el Congreso.
En el año pasado se observó también cierta correlativa paralización del Estado respecto a las necesidades del sistema autonómico, especialmente por ausencia de iniciativa alguna en las reformas que parecen necesarias. No se ha actualizado la financiación de las Comunidades Autónomas. Tampoco se han reunido la Conferencia de Asuntos Relacionados con la Unión Europea (CARUE) ni la Conferencia de Presidentes, que lleva dos años sin reunirse.
En cambio, desde enero a diciembre de 2015 se aprobaron nada menos que 86 normas con rango de ley. Evidentemente, se tramitaron con premura y se aprobaron valiéndose de la mayoría absoluta gubernamental. Toda una cascada de cambios normativos cuyo impacto en la distribución competencial es pronto aún para medir.
Se han acometido dos importantes reformas de la jurisdicción constitucional. Una de ellas trata de implicar al Tribunal Constitucional más activamente como barrera del proceso secesionista en Cataluña –a veces parece que sea la única-, impulsando la ejecución de sus sentencias. Pero la preocupación por recuperar la excelencia de los Magistrados constitucionales mediante su selección objetiva, que es imprescindible para regenerar la institución y recuperar su autoritas, sigue sin estar en la agenda.
Han continuado los procesos penales por la corrupción de nuestros gobernantes en distintos niveles y son cada vez más graves. Al tiempo, hay que citar el buen funcionamiento y la independencia de jueces y tribunales y de las fuerzas de orden público en la persecución de estos delitos.
Otros temas importantes, que vienen de años anteriores, como la continuidad de los efectos sociales de la crisis económica no pueden ser abordados aquí, pero se tratarán con atención en el Foro y en el posterior Informe de las Comunidades Autónomas, que aparecerá publicado en la segunda mitad de mayo.
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jueves, 7 de abril de 2016
El déficit público: Casi un punto más del objetivo acordado
Jesús Ruiz Huerta
Catedrático de Economía Aplicada
Universidad Rey Juan Carlos
Catedrático de Economía Aplicada
Universidad Rey Juan Carlos
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Según los datos suministrados por el Ministerio de Hacienda la semana pasada, el déficit total del conjunto de administraciones públicas españolas en el año 2015 se elevó al 5,16% del PIB. Como en ejercicios anteriores, el sector público español había incumplido el objetivo acordado con las autoridades comunitarias, establecido en el 4,20% del producto interior bruto del país, lo que representa una desviación de casi un punto del PIB, equivalente en cifras aproximadas a 10.000 millones de euros.
En los años anteriores, a partir de 2011, el déficit había observado una disminución significativa, desde el 9,13% hasta el 5,79 en 2014, aunque la principal disminución se produjo entre 2011 y 2012, cuando el indicador disminuyó en 2,36 puntos. Sin embargo, desde esa primera fecha, los resultados siempre fueron superiores a los objetivos acordados.
Conviene recordar que en el marco de un área monetaria cada vez más integrada, la ausencia de un presupuesto común y de una política fiscal unificada, obliga al establecimiento de reglas de estabilidad consistentes entre los miembros de la misma, con la finalidad de defender la moneda común, así como evitar distorsiones y presiones especulativas sobre la deuda pública de los países con mayores dificultades económicas. Las reglas son necesarias en este ámbito y la cuestión central consiste en garantizar que las mismas sean verosímiles y realistas, además de contar con medios suficientes para asegurar su cumplimiento. Esa es la razón de que las autoridades comunitarias presionen a los estados para que se ajusten a las normas acordadas y, en su caso, apliquen las sanciones establecidas en casos de incumplimiento. Es cierto, sin embargo, que la aplicación de sanciones resulta especialmente difícil en el ámbito de la Unión Europea, en donde apenas hay precedentes y, por otro lado, la aplicación de una sanción monetaria severa no haría sino incrementar las cifras del déficit.
Por otra parte, la excesiva rigidez en la determinación de las reglas y de las políticas para hacerlas efectivas, ha generado serios problemas en muchos países, al tener que afrontar recortes en los gastos y/o aumentos intensos en los ingresos públicos con el objetivo de cumplir los requisitos de consolidación. Las políticas de austeridad aplicadas en Europa, además de disminuir los servicios y prestaciones públicas, han dificultado el crecimiento de la actividad económica en muchos países, especialmente en los del sur del continente. En los últimos años, los organismos más celosos en la garantía de estabilidad económica, como el Fondo Monetario Internacional, el G 20 o, incluso, el Banco Central Europeo, han propuesto la conveniencia de asumir una cierta estrategia de laxitud fiscal, como medio para facilitar la salida de la situación actual de estancamiento económico que se observa en muchos países. Pero tal orientación, apoyada masivamente por los ciudadanos europeos, alude esencialmente a la fijación de las reglas y no tanto a la aceptación de su incumplimiento una vez acordadas.
En todo caso, ¿Cuáles son las razones del incumplimiento del objetivo en el caso español en un contexto de crecimiento económico (3,2%), bajos precios de energía y bajos tipos de interés? Como es natural, los agentes implicados aluden a justificaciones diferentes para explicar el resultado. Desde la propia Comisión Europea, los partidos de la oposición y las comunidades autónomas, la causa principal fue la optimista previsión del gobierno central respecto a la recaudación de impuestos y sus medidas electoralistas de rebaja de impuestos y devolución de la paga extraordinaria debida a los funcionarios, correspondiente al ejercicio de 2012.
Por el contrario, desde la perspectiva del gobierno, se señala que la desviación tiene que ver sobre todo con el creciente déficit de la seguridad social y con el incumplimiento de los objetivos marcados para la mayoría de las comunidades autónomas.
En el primer caso, algunas razones explicativas tienen que ver con el aumento del gasto en pensiones, bastante más allá del incremento debido al aumento del 0,25% comprometido con los pensionistas; una de las explicaciones barajadas para explicar dicho aumento es la incorporación al sistema de pensionistas con mejores perfiles de cotización y, en consecuencia, con derecho a obtener pensiones más elevadas.
Adicionalmente, desde un óptica más coyuntural, el peso de las bonificaciones del sistema dirigidas a estimular el empleo (una modalidad de gasto fiscal) y el aumento de la precarización del mismo, han implicado una disminución de los ingresos del sistema respecto a las previsiones, ingresos afectados además por la elevada tasa de paro que aún se mantiene en la economía y que impide la contribución de muchos activos a la financiación del sistema. Solo en este aspecto la diferencia entre el presupuesto de ingresos aprobado y el efectivo ascendía a una cuantía cercana a 9.000 millones de euros.
La negativa evolución del déficit de la seguridad social, puede explicarse también por el retraso de los efectos esperables de la reforma de 2013 que aún no se han producido, aunque en todo caso, apunta a un problema de carácter estructural que exigirá la revisión de los Pactos de Toledo para garantizar en el futuro el mantenimiento del sistema de reparto. El propio ministro habló de la probable necesidad de complementar las cotizaciones con otros recursos si la tendencia observada se mantiene o se intensifica.
Por lo que respecta a las comunidades autónomas, los datos señalan que la mayoría de ellas (14) cerraron el ejercicio con cifras de déficit superiores al objetivo marcado (0,7%), probablemente también influidas por el año electoral y, especialmente, por la necesidad de recuperar los servicios públicos esenciales de los que son titulares y que fueron seriamente afectados por los recortes en ejercicios precedentes.
Todas las comunidades incumplidoras y especialmente algunas de ellas, con porcentajes de déficit superiores a dos puntos del PIB (Cataluña, Extremadura, Murcia, Comunidad Valenciana y Aragón) han sido advertidas por el gobierno central para que tomen las medidas oportunas con la finalidad de corregir sus desequilibrios, bajo la amenaza de aplicación de las normas sancionadoras contempladas por la Ley de Estabilidad de 2012. En esa dirección, el gobierno decidió el embargo de los ingresos del sistema de financiación de las comunidades de Extremadura y Aragón para pagar directamente a sus proveedores, justificando tal medida en sus abultados déficits y en los importantes retrasos de sus pagos a proveedores.
Por otra parte, Hacienda anuncia el requerimiento inmediato a todas las comunidades incumplidoras para que, en el plazo de 15 días, aprueben la no disponibilidad de créditos que puedan poner en riesgo el cumplimiento del objetivo presupuestario de 2016 (lo que implica un tope de crecimiento máximo del 1,8%).
Aunque la reducción del déficit del gobierno central ha sido mayor que la de otras instituciones, sigue representando el porcentaje mayor del mismo, bien es verdad que, ante la intensa disminución de competencias, los mayores gastos del gobierno central tienen que ver con el pago por desempleo, los mecanismos de solidaridad y financiación territorial y los intereses de la deuda pública, cuya cuantía se eleva aún a una cuantía equivalente al 100% del PIB.
En resumen, los datos del déficit ahora publicados plantean serias dificultades al próximo gobierno, que se verá obligado a una nueva negociación con las autoridades comunitarias para reformular la senda de consolidación (no es posible pensar en una disminución del déficit desde el 5,16% al 2,8% previsto para 2016) y, dada la centralización de atribuciones generada por la aplicación de las normas estabilidad, exigirá una revisión a fondo del modelo de financiación autonómica y de los mecanismos de coordinación territorial. En todo caso, las comunidades deberán asumir sus responsabilidades, controlar sus gastos y evitar la caída de sus ingresos, para conseguir ajustar sus presupuestos a las exigencias del programa de estabilidad pactado con la Unión Europea.
jueves, 31 de marzo de 2016
El control parlamentario del Gobierno en funciones y sus limitaciones
Javier García Roca
Catedrático de Derecho Constitucional, UCM. Antiguo director del
Instituto de Derecho Parlamentario.
El Derecho Constitucional es un derecho dúctil, fundado en principios. La regulación del sistema parlamentario aún más, pues su funcionamiento se asienta en un conjunto de usos y convenciones no escritas, así como en la cultura del Estado de derecho (artículo 1.1 CE) que reclama la división del poder y pesos y contrapesos. La Constitución configura una Monarquía parlamentaria (artículo 1.3 CE), y establece que las Cortes Generales “controlan la acción del Gobierno” (artículo 66. 2 CE) sin fijar excepción o exclusión alguna. Hay una identidad entre ejercicio de la acción de gobierno y control parlamentario. Esta lógica arranca de un principio, la responsabilidad política Ministerial, que define el parlamentarismo desde sus orígenes. Fraga Iribarne lo explicaba en su trabajo sobre el Parlamento británico: más que control del ejecutivo debe hablarse de que la Cámara lo sostiene parlamentando con él y recibiendo sus explicaciones. No es posible otro escenario sin quebrantar la Constitución. Tampoco cuando el viejo Gobierno continúa interinamente en funciones hasta la toma de posesión del nuevo (artículo 101.1 CE), precisamente porque continua, aunque sea limitadamente, en la acción de gobierno. Cualquier poder gubernamental sin control político no es otra cosa que tiranía, no basta con el control judicial.
¿Podría el Gobierno en funciones enviar un plan a la Unión Europea para limitar el déficit de las Comunidades Autónomas y hacer cumplir el freno constitucional en endeudamiento sin someterse a su discusión con las Cámaras? Desde luego que no, por más que la cuestión sea urgente y atienda al interés general como puntos de conexión que justifican las facultades de despacho de los asuntos ordinarios por parte de un Gobierno en funciones (artículo 21.3 de la Ley de Gobierno).
Otra cosa bien distinta es que sea razonable concluir que la intensidad y alcance de ese control pueda venir limitado en esta situación. Puede pensarse que el escrutinio deba circunscribirse a la estricta verificación de los asuntos que el Gobierno en funciones despache sin proyectarse sobre su labor en la Legislatura anterior. Del mismo modo, debe tratarse de un control-fiscalización, rendir cuentas, y no un control-responsabilidad política en sentido estricto, precisamente porque el Gobierno en funciones fue elegido por el Parlamento anterior y carece ya de potestades de dirección política. Con esta misma racionalidad, se expresa un buen Informe de la Secretaría del Congreso de los Diputados, a solicitud de la Mesa, y que debería seguirse.
La Mesa del Congreso debería alcanzar un nuevo acuerdo sobre estas limitaciones sin esperar a la solución de un posible conflicto entre órganos constitucionales; y la mayoría parlamentaria facilitarlo cuanto antes para salir de este impasse, y no arriesgarse a la irregularidad de cuanto el Gobierno actué rechazando el control parlamentario, y haciendo acreedor de responsabilidades a aquellas autoridades gubernamentales que rechacen los requerimientos del Congreso. Urge recuperar el sentido de Estado. Conviene no obsesionarse con los cálculos electorales, al olor de una disolución anticipada, que ningún augur electoral es realmente capaz de probar. Un gobierno inmune no está en mejor posición electoral ante los ciudadanos.
La Constitución diseña un sistema parlamentario fundado en la doctrina de la clásica relación de confianza y muchos de sus preceptos la mencionan. Hace años que me sonroja explicar a los alumnos que la realidad de las cosas no responde ya a la lógica de la confianza, aunque la solución no sea tan sencilla como acomodar las normas a la realidad. No se plantea desde hace décadas la cuestión de confianza, aunque se modifique seriamente el programa electoral en la acción de Gobierno. Tampoco se rompe la relación de confianza mediante la moción de censura por su carácter constructivo que tiende a hacerla inviable. Las mociones de reprobación de los Ministros -surgidas en la práctica- no redundan en dimisiones. Ahora asistimos a un revivir –inesperado- de la relación de confianza por parte de escritos de la Secretaría de Estado de Relaciones con la Cortes y de la Vicepresidencia quienes sostienen que sin concesión de confianza no cabe control. No deja de ser una paradoja resucitar la confianza para matar el parlamentarismo… Pero esta interpretación forzada conduce a un resultado que impide la vigencia de otros principios constitucionales y, en cuanto produce la ruptura de la unidad sistemática de las normas constitucionales, no puede ser aceptada. No le demos más vueltas, sin control político no hay parlamentarismo ni división de poderes ni democracia representativa. El olor de elecciones no suspende la vigencia de la Constitución, ya es bastante poco edificante ser incapaces de elegir un Presidente mediante compromisos y transacciones recíprocas.
jueves, 17 de marzo de 2016
La crisis europea de los refugiados: un drama en tres actos. Y ahora Turquía…
David Moya
Profesor de Derecho Constitucional,
UB
Aún con los papeles encima de la mesa
que contienen los acuerdos de la reunión de jefes de Estado de la Unión con
Turquía para abordar la crisis de refugiados, y sonando ya voces enormemente
críticas con el mismo, vale la pena recapitular lo acontecido hasta ahora para
poder valorarlo adecuadamente, pues el despliegue acordado el pasado 8 de marzo
de 2016 del Plan de Acción conjunto entre gobiernos de la UE y Turquía, - que
desarrolla el Acuerdo adoptado a estos efectos en octubre de 2015-, implica un
nuevo enfoque en el intento de la Unión por contener de manera efectiva los
flujos de refugiados, mayormente procedentes de Siria. Lo acontecido hasta
ahora puede resumirse en un drama en tres actos en el que este último acuerdo
es sólo el epílogo.
Primer acto. En 2014 el sistema de
asilo instituido por la Unión Europea para crear el Espacio Común Europeo de
Asilo (SECA) giraba en torno a cinco o seis Directivas y Reglamentos de la
Unión, que pivotaban sobre el llamado mecanismo de Dublín. Este mecanismo establece
como regla general que las solicitudes de asilo presentadas en la Unión serán
responsabilidad del Estado miembro donde hizo su primera entrada el
solicitante, regla que admite por el momento solo muy limitadas excepciones. El
SECA ha sido criticado por los expertos, pero en la práctica funcionaba en la
medida en que el número de refugiados en la UE era limitado y sus vías de
acceso diversificadas, y mientras los mismos no se concentraran en unos pocos países
fronterizos.
Segundo acto. La crisis de 2015 hizo
saltar por los aires Dublín justamente porque afectó a estos dos puntos débiles
del sistema: primero, la llegada a la Unión de cientos de miles de refugiados procedentes
de Siria, Eritrea e Irak, tres países de los que era evidente que la gente no huía
por simples motivos económicos; segunda, por su concentración inicial en Grecia,
Italia, Hungría y Bulgaria, países cuyos sistemas de asilo eran muy limitados (incluso
directamente fallidos, STEDH MSS v.
Bélgica y Grecia). Ante este panorama la canciller alemana, A. Merkel, tomó
el liderazgo de la situación e hizo una llamada a aceptar a los refugiados que
llegaran procedentes de Siria, para así reducir la presión sobre los Estados
periféricos. Ante un posicionamiento tan claro los estados fronterizos dejaron
pasar a los refugiados hacia el interior de Europa, no sin serias dudas, pues
si se ignora Dublín, ¿qué sistema aplicamos?, ¿pueden los refugiados pasear por
Europa a la búsqueda de un destino dónde establecerse?
Peor, la posición de la canciller
alemana no era compartida por algunos Estados miembros, que ya mostraron su
escaso entusiasmo con la situación cuando la Comisión Europea propuso la
creación un mecanismo temporal de distribución de refugiados, principalmente
desde los países más sobrecargados -y destacadamente Grecia, Italia y Hungría-,
hacia los Estados que albergan menos refugiados. Un mecanismo temporal de
redistribución y reubicación acordado en junio 2015 y ampliado en septiembre, que
con pequeños retoques podría devenir un mecanismo estable, pero que suscita
numerosas dudas sobre su viabilidad y operatividad (en 2015 apenas movilizó a
un escaso millar de refugiados).
Tercer Acto. Tras la llegada de casi
un millón de refugiados en unos pocos meses a Alemania y la apertura de la ruta
de los Balcanes en otoño de 2015, se evidenciaba: primero, que la política de
fronteras externas abiertas es insostenible; segundo, que ninguna intervención
es posible sin la identificación inicial de los refugiados en los países de
entrada (‘hot spots’); tercero, la necesidad
de incluir a los países vecinos, destacadamente norte de África (cumbre de la
Valetta) y Turquía (acuerdo de octubre de 2015) en la gestión de los flujos de
refugiados e inmigrantes. Todo ello, paradójicamente, mientras se busca una
nueva regulación del asilo que o bien restituya el mecanismo de Dublín con
algunos cambios relevantes, o bien instituya un nuevo mecanismo de distribución
interna de refugiados, o alguna fórmula intermedia. A este debate se añade la
evidente necesidad de buscar vías legales y seguras de acceso a Europa que
ponga fin al incesante goteo de muertos en el Mediterráneo. Sin un modelo claro
de asignación de refugiados entre los Estados y asumido por todos ellos, es muy
difícil que pueda dibujarse una estrategia exterior coherente con una política
que por ahora es casi inexistente. Por eso, la propuesta del Plan de Acción EU-Turquía
del pasado 8 de marzo parece guiada por el cortoplacismo. Veamos.
El Plan UE-Turquía. El Acuerdo con Turquía
prevé ayudas por parte de la Unión de unos tres mil millones de euros para
reforzar la capacidad turca de asistencia a los refugiados así como acelerar la
liberalización de visados para ciudadanos turcos; por su parte, Turquía se
compromete a respetar el acuerdo greco-turco de readmisión de inmigrantes (no
refugiados), colaborar en la persecución de los traficantes, trasladar
refugiados sirios asentados en Turquía hacia Europa en la misma cantidad al
menos que los sirios retornados desde Grecia. ¿Quién gana con este plan?
Evidentemente, Turquía se sitúa como
un ‘partner’ estratégico en un momento internacionalmente delicado para ella y
además aparentemente mejora su posicionamiento de cara al inicio de una fase
pre-adhesión, que no obstante, se antoja todavía muy lejana. La Unión, a su
vez, gana una cierta válvula de escape para reducir presión sobre Grecia. No
obstante, la fórmula planteada es sumamente preocupante en tanto que admite por
primera vez al retorno de refugiados desde suelo europeo a Turquía y
concretamente desde Grecia un país por el que han pasado la mayor parte de
refugiados sirios, y todo ello sin asegurar resoluciones individuales y
procedimientos con todas las garantías; por esa razón y por la oleada de
críticas que la última cumbre ha suscitado, es muy posible que se module la
fórmula final del acuerdo. No obstante, lo peor es que otras medidas igualmente
preocupantes han pasado desapercibidas a la opinión pública, como la propuesta
de la Comisión Europea de considerar a Turquía, y a los países balcánicos como
“terceros países seguros”. Algo que, jurídicamente es muy, muy discutible. La
combinación de todas estas medidas sí constituye una política europea de
refugio, aunque pueda no ser la esperada: nuestros países vecinos en el oriente
de Europa –unos países que ostentan dudosas credenciales en el respeto a los
Derechos Humanos y en la protección de los refugiados-, devienen los nuevos
Estados-tapón responsables de la protección de los refugiados por delegación de
la Unión. ¿O es por dejación?
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